La Guerra es una Estafa

Belleza pura de exactitud, henchido estoy de tanta contundencia en tan corto escrito...
Koan


      La Guerra es una Estafa - versión completa

La célebre obra del general Smedley Butler de la infantería de marina de los Estados Unidos

Presenta: César Vásquez Bazán


Smedley D. Butler (1881-1940) Mayor General del Cuerpo de Infantería de Marina de los Estados Unidos, condecorado con dos medallas de honor por el Congreso norteamericano y con la Medalla por Servicios Distinguidos. Butler participó en la toma por EE.UU. de Veracruz, México, en 1914 y de Ft. Riviere, Haití, en 1917.




En Connecticut, e21 de agosto de 1931, el general Butler pronunció un sorprendente discurso ante los miembros de la American Legion. Sus palabras denunciaron el carácter imperialista de las intervenciones en el extranjero de las fuerzas armadas de EE.UU.

Dijo Butler en esa ocasión: “Pasé treinta y tres años y cuatro meses en el servicio activo como miembro de la fuerza militar más ágil de nuestra nación, la Infantería de Marina. Presté mis servicios en todos los rangos de la oficialidad, desde subteniente hasta mayor general… Durante ese periodo dediqué la mayor parte de mi tiempo a ser un matón de primera categoría al servicio de las Grandes Empresas, Wall Street y los banqueros… En pocas palabras fui un extorsionador, un intimidador, un pistolero a las órdenes del capitalismo… En 1924 ayudé a hacer que México, y especialmente Tampico, estuvieran asegurados para los intereses petroleros estadounidenses. Colaboré a hacer de Haití y Cuba lugares decentes para que los muchachos del National City Bank pudieran obtener sus ingresos. Ayudé a violar a media docena de repúblicas centroamericanas en beneficio de Wall Street. La historia de intimidaciones y extorsiones es larga. Entre 1909 y 1912 ayudé a purificar Nicaragua para la firma bancaria internacional de Brown Brothers. En 1916, iluminé a la República Dominicana para los intereses azucareros estadounidenses. En 1903 ayudé a “enderezar” Honduras para las compañías fruteras estadounidenses. En 1927, en China, colaboré a que la Standard Oil obtuviera lo que deseaba sin ser molestada. Tuve… una abultada cartera de intimidaciones y extorsiones. Fuí recompensado con honores, medallas y ascensos. … Pude haberle dado algunos consejos a Al Capone. Lo mejor que él pudo hacer con sus “empresas” fue obtener dinero, intimidando en tres ciudades. Los Marines operaban en tres continentes”.
Tras analizar su propia experiencia militar, Butler denunció el enriquecimiento de los proveedores de las fuerzas armadas, tema que un cuarto de siglo después retomaría el presidente Eisenhower cuando denunció la nefasta influencia del Complejo Industrial Militar sobre el Gobierno de Washington. A la vez, Butler se convirtió en campeón del movimiento pacifista. 


War Is A Racket

En 1935, el general Butler escribió War Is A Racket (La guerra es una estafa) denunciando las guerras contemporáneas como aventuras imperialistas en beneficio de Wall Street. Propuso la idea que las fuerzas armadas deberían utilizarse preferentemente con fines de defensa. EE.UU. podría declarar guerras ofensivas sólo si hubieran sido aprobadas en plebisicitos limitados, en que únicamente votarían aquellos que pudieran ser llamados a filas. 

En el libro, Butler planteó la drástica limitación de las distancias que podrían movilizarse la marina (200 millas) y la aviación (500 millas) con respecto a la línea costera de EE.UU. De igual forma, señaló que de no contar con la aprobación del plebiscito limitado, las fuerzas de tierra no podrían abandonar el territorio estadounidense. 

El opúsculo de Butler fue publicado en Nueva York por la editorial Round Table Press Inc. Contiene cinco breves capítulos:

1.  La guerra es una estafa
2.  ¿Quién recibe las utilidades?
3.  ¿Quién paga las cuentas?
4.  ¡Cómo acabar con esta estafa!
5.  ¡Al diablo con la guerra!



LA GUERRA ES UNA ESTAFA (WAR IS A RACKET)

Smedley D. Butler

Traducción de César Vásquez Bazán



Capítulo 1 La guerra es una estafa



La guerra es una estafa. Siempre lo ha sido.



Posiblemente es el tipo de estafa más antiguo, sobradamente el más lucrativo, seguramente el más perverso. Es el único de alcance internacional. Es el único en el que las utilidades se calculan en dólares y las pérdidas en vidas humanas.



Creo que la mejor descripción de una estafa es algo que no es lo que parece ser para la mayoría de la gente. Solamente un pequeño grupo “enterado” sabe de qué se trata. Se realiza para beneficio de los muy pocos a expensas de los muchos. Gracias a la guerra un pequeño número de personas amasa fortunas enormes.



En la Primera Guerra Mundial un puñado de individuos recogió las utilidades del conflicto. Durante la [Primera] Guerra Mundial, surgieron en los Estados Unidos por lo menos veintiún mil nuevos millonarios y multimillonarios. Ése fue el número que admitió sus enormes y sangrientas ganancias en sus declaraciones juradas del Impuesto a la Renta. Nadie sabe cuántos otros millonarios, surgidos de la guerra, falsificaron sus declaraciones juradas de impuestos.



¿Cuántos de estos millonarios de la guerra portaron un fusil sobre sus hombros? ¿Cuántos de ellos cavaron una trinchera? ¿Cuántos de ellos supieron lo que significó padecer hambre en un refugio subterráneo infestado de ratas? ¿Cuántos de ellos pasaron noches de miedo y desvelo, evadiendo los bombardeos, las esquirlas y las balas de las ametralladoras? ¿Cuántos de ellos rechazaron una carga a la bayoneta del enemigo? ¿Cuántos de ellos resultaron heridos o perecieron en el campo de batalla?



Como producto de la guerra, las naciones victoriosas conquistan territorio adicional. Simplemente se apoderan de él. El territorio recién capturado es explotado prontamente por unos pocos, los mismísimos pocos que destilaron dólares a partir de la sangre vertida en la guerra. El pueblo paga la cuenta.



¿Y cuál es esta cuenta?



La cuenta traduce una contabilidad terrible. Lápidas recién colocadas. Cuerpos despedazados. Mentes destrozadas. Corazones y hogares rotos. Inestabilidad económica. Depresión y todas las amarguras relacionadas. Impuestos agobiantes por generaciones y generaciones.



Por muchos años, como soldado, tuve la sospecha que la guerra era una estafa. Sólo cuando me retiré a la vida civil pude darme cuenta de ello cabalmente. Hoy en día, cuando veo nuevamente poblarse el firmamento con las nubes de la guerra internacional, debo encararla y hablar claro.



Otra vez [las naciones] están alineándose. Francia y Rusia se reunieron y acordaron mantenerse juntas. Apuradas, Italia y Austria llegaron a similar acuerdo. Polonia y Alemania se miraron con ojos de cordero y olvidaron por el momento su disputa sobre el Corredor Polaco. El asesinato del rey Alejandro de Yugoslavia complicó las cosas. Yugoslavia y Hungría, por mucho tiempo enemigos acérrimos, estuvieron a punto de agredirse. Italia estaba lista para intervenir. Francia esperaba. Igual hacía Checoslovaquia. Todas estas naciones están previendo la guerra. No la gente –no los que luchan y pagan y mueren–; sólo aquellos que promueven las guerras y permanecen en la seguridad de sus casas a la espera de recibir las utilidades.



En el mundo de hoy existen cuarenta millones de hombres en armas y nuestros estadistas y diplomáticos tienen la temeridad de decir que no se prepara una guerra.



¡Campanas que anuncian el infierno! ¿Estos cuarenta millones de hombres están entrenándose para ser bailarines?



De seguro, no en Italia. El Primer Ministro, Mussolini, sabe para lo que se les está entrenando. Él, al menos, es suficientemente franco y habla claro. Hace pocos días, Il Duce escribió en Internacional Conciliation, publicación de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional:



“Y sobre todo, el fascismo, cuanto más considera y observa el futuro y el desarrollo de la humanidad, aparte de las consideraciones políticas del momento, no cree en la posibilidad de la utilidad de la paz perpetua… Sólo la guerra eleva toda la energía humana hasta alcanzar su tensión más alta y coloca el sello de la nobleza sobre los pueblos que tienen el coraje de practicarla”.



Sin duda, Mussolini quiere decir exactamente lo que dice. Su bien entrenado ejército, su gran escuadra aérea e, incluso, su marina están listos para la guerra; al parecer están ansiosos por ella. Así lo demuestra su reciente toma de posición, al lado de Hungría, en el conflicto de ésta con Yugoslavia. Así lo evidencia también la apurada movilización de sus tropas en la frontera austriaca tras el asesinato de Dollfuss.



Hay otros, también en Europa, cuyos sonidos de sables presagian guerra, tarde o temprano.



Herr Hitler, con su rearme alemán y sus constantes demandas por más y más armamento es una amenaza similar, si no mayor, a la paz. Hace muy poco tiempo, Francia aumentó el período del servicio militar para su juventud de un año a dieciocho meses.



Sí, en todo lugar, las naciones viven en armas. Los perros rabiosos de Europa andan sueltos.



Las maniobras son más hábiles en el Oriente. En 1904, cuando pelearon Rusia y Japón, aplicamos un puntapié a nuestros antiguos amigos los rusos y apoyamos a Japón. En ese entonces nuestros muy generosos banqueros internacionales estaban financiando a Japón. Ahora la tendencia es a envenenarnos [la mente] contra los japoneses. ¿Qué significa para nosotros la política de “puertas abiertas” con China? Nuestro comercio con China es de noventa millones de dólares anuales, aproximadamente. ¿Y las Filipinas? En treinta y cinco años hemos gastado cerca de seiscientos millones de dólares en las Filipinas y tenemos allí inversiones privadas–mejor dicho, nuestros banqueros, industriales y especuladores– por menos de doscientos millones de dólares.



Para salvar ese comercio de cerca de noventa millones de dólares con China, o para proteger esas inversiones privadas de menos de doscientos millones de dólares en las Filipinas, debemos instigar el odio contra Japón e ir a la guerra, una guerra que bien pudiera costarnos decenas de billones de dólares, centenares de miles de vidas de estadounidenses, y muchos más centenares de millares de hombres físicamente mutilados y mentalmente desequilibrados.



Por supuesto, habría una utilidad que compensaría esta pérdida: las fortunas que serían amasadas. Se acumularían millones y billones de dólares. Para algunos. Los fabricantes de municiones. Los banqueros. Los armadores de buques. Los fabricantes. Los embaladores de carne. Los especuladores. A ellos les iría bien.



Sí, ellos se están preparando para otra guerra. ¿Por qué no deberían hacerlo? La guerra paga elevados dividendos.



Pero, ¿genera beneficios para las masas?



¿En qué beneficia a los hombres que resultan muertos? ¿En qué beneficia a los hombres que resultan mutilados? ¿En qué beneficia a sus madres y hermanas, a sus esposas y a sus novias? ¿En qué beneficia a sus hijos?



¿En qué beneficia a cualquier persona, excepto los muy pocos para quienes la guerra significa enormes utilidades?



Sí, ¿y en qué beneficia a la nación?



Tomemos nuestro propio caso. Hasta 1898 no poseíamos una pizca de territorio fuera del continente de América del Norte. En aquella época nuestra deuda nacional era un poco más de mil millones de dólares. Entonces adoptamos una mentalidad “internacional”. Olvidamos, o dejamos de lado, el consejo del Padre de nuestro país. Nos olvidamos de la advertencia de Washington sobre “alianzas [internacionales] enredadas”. Fuimos a la guerra. Adquirimos territorio en el exterior. Al final del período de la [Primera] Guerra Mundial, como resultado directo de nuestros manejos en asuntos internacionales, nuestra deuda nacional había pasado a ser más de veinticinco mil millones de dólares. Nuestra balanza comercial total durante el período de veinticinco años fue favorable en veinticuatro mil millones de dólares, aproximadamente. Por lo tanto, sobre una base puramente contable, nos fuimos atrasando poco a poco, año por año. Sin las guerras, ese comercio exterior bien pudo haber sido nuestro.


Para el estadounidense promedio, que paga las facturas, hubiera sido más barato (por no decir más seguro) permanecer al margen de los embrollos extranjeros. Para muy pocos esta estafa –como la de producir o vender licor de contrabando y timos similares del mundo del hampa– trae utilidades fantásticas. Sin embargo, el costo de las operaciones siempre se transfiere a la gente, la que no obtiene utilidades.






Portada de 1935 del libro “War Is A Racket”



Capítulo 2

¿Quién recibe las utilidades?



La [Primera] Guerra Mundial –diríamos más bien nuestra breve participación en ella– ha costado a los Estados Unidos unos cincuenta y dos mil millones de dólares. Calculemos. Eso significa cuatrocientos dólares por cada hombre, mujer y niño estadounidense (1). Todavía no hemos pagado esa deuda. La estamos pagando, nuestros hijos la pagarán y, probablemente, los hijos de nuestros hijos todavía tengan que pagar el costo de esa guerra.



Las utilidades normales de un negocio en los Estados Unidos son seis, ocho, diez y, a veces, hasta doce por ciento. Pero las utilidades en tiempo de guerra, ¡ah! ésa es otra cosa: veinte, sesenta, cien, trescientos y hasta mil ochocientos por ciento. El cielo es el límite. Todo lo que la situación permita. El Tío Sam (2) tiene el dinero. Obtengámoslo de él.



Por supuesto, esto no se expone tan crudamente en tiempo de guerra. Viene incorporado en los discursos acerca del patriotismo, el amor al país, y la necesidad que “todos pongamos el hombro”. No obstante, las ganancias aumentan prodigiosamente y son recibidas con seguridad. Examinemos algunos ejemplos.



Consideremos a nuestros amigos los du Pont, la gente que fabrica la pólvora. ¿Recientemente no declaró uno de ellos, ante un Comité del Senado, que su pólvora fue la que ganó la guerra? ¿Que ella fue la que salvó el mundo para la democracia? ¿O algo parecido? ¿Cómo les fue a los du Pont en la guerra? Ellos formaban parte de una empresa patriótica. Bien, en el período 1910-1914, el promedio anual de ganancias de los du Pont fue de seis millones de dólares (3). No era mucho, pero los du Pont supieron vivir con él y salir adelante. Examinemos ahora el promedio de utilidades anuales durante los años de la guerra, de 1914 a 1918. ¡Encontramos que su utilidad anual ascendió a cincuenta y ocho millones de dólares! Casi diez veces el promedio de épocas normales, sin olvidar que las utilidades de las épocas normales eran bastante buenas. Un aumento en las ganancias de más del novecientos cincuenta por ciento.



Examínese el caso de una de nuestras pequeñas empresas siderúrgicas que tan patrióticamente dejaron de lado la fabricación de rieles, vigas y puentes para producir material de guerra. Bien, sus ganancias anuales en el período 1910-1914 promediaron los seis millones de dólares. Luego vino la guerra. Y, como ciudadanos leales, rápidamente, la Bethlehem Steel pasó a producir municiones. ¿Crecieron sustancialmente sus utilidades o dejaron que el Tío Sam hiciera su agosto? Bien, su promedio anual de utilidades en el período 1914-1918 fue de ¡cuarenta y nueve millones de dólares!



Consideremos el caso de la United States Steel. Las utilidades anuales normales durante el período de cinco años anterior a la guerra fueron de ciento cinco millones de dólares. Nada mal. Llegó la guerra y las utilidades se fueron para arriba. El promedio anual de utilidades del período 1914-1918 fue de doscientos cuarenta millones de dólares. Nada mal.



Ésas fueron algunas muestras de las utilidades del acero y la pólvora. Analicemos otras industrias. La del cobre, quizá. Al cobre siempre le va bien en tiempos de guerra.



Anaconda, por ejemplo. Su promedio de ganancias anuales en los años anteriores a la guerra –es decir entre 1910 y 1914– fue de diez millones de dólares. Durante los años de la guerra 1914-1918 las utilidades anuales pasaron a ser treinta y cuatro millones de dólares.



O el caso de la Utah Cooper. Entre 1910 y 1914, el promedio anual de utilidades ascendió a cinco millones de dólares. Durante el período de la guerra saltó a un promedio anual de utilidades de veintiún millones de dólares.



Agrupemos estas cinco empresas con tres compañías más pequeñas. El total de los promedios de utilidades anuales en el período anterior a la guerra (1910-1914) ascendió a 137,480,000 dólares. Entonces llegó la guerra. El promedio de utilidades anuales de este grupo se elevó súbitamente a 408,300,000 dólares.



Un pequeño aumento en las utilidades de aproximadamente doscientos por ciento.



¿La guerra paga? Les pagó a ellos. Pero no son los únicos. Hay otros más. Examinemos la industria del cuero.



En el período de tres años anterior a la guerra, las utilidades totales de la Central Leather Company ascendieron a tres millones y medio de dólares, esto es 1,167,000 dólares anuales aproximadamente. Bien, en 1916 la Central Leather Company arrojó utilidades de quince millones y medio de dólares, un pequeño aumento de 1,100 por ciento. Eso es todo. Durante los tres años anteriores a la guerra, la General Chemical Company registró un promedio de utilidades anuales de un poco más de ochocientos mil dólares. Llegó la guerra y las utilidades crecieron a doce millones de dólares, un salto de mil cuatrocientos por ciento.



La International Nickel Company –recuerde el lector que no puede haber guerra sin níquel– mostró un aumento en sus utilidades anuales de un modesto promedio de cuatro millones de dólares a 73,500,000 dólares. ¿Nada mal, no? Un aumento mayor a mil setecientos por ciento.



La American Sugar Refining Company promedió doscientos mil dólares anuales en los tres años anteriores a la guerra. En 1916 registró una utilidad de seis millones de dólares.



Leamos lo que dice el Documento del Senado No. 259. El sexagésimo quinto Congreso [de los EE.UU.], informa sobre las ganancias empresariales y los ingresos del gobierno. Considera las utilidades durante la [Primera] Guerra [Mundial] de 122 empacadores de carne, 153 fabricantes de algodón, 299 fabricantes de ropa, 49 plantas siderúrgicas y 340 productores de carbón. Las utilidades inferiores a veinticinco por ciento fueron muy raras. Por ejemplo, durante la guerra las compañías del carbón redituaron un beneficio de entre cien y 7,856 por ciento sobre su capital social. Los empacadores de Chicago duplicaron y triplicaron sus ganancias.



Y no nos olvidemos de los banqueros que financiaron esta gran guerra. Si algunos recibieron lo mejor de las utilidades ésos fueron los banqueros. Por ser considerados consorcios y no empresas, no tenían por qué informar a sus accionistas. Sus utilidades eran tan secretas como inmensas. No sé cómo los banqueros hicieron sus millones y sus billones, porque esos pequeños secretos nunca llegan a ser públicos, ni siquiera ante una comisión investigadora del Senado.



Pero a continuación describiré la manera cómo algunos de los otros industriales y especuladores patriotas se abrieron camino para obtener las utilidades de la guerra.



Tomemos las empresas del calzado. A ellas les gusta la guerra. Significa negocios con utilidades extraordinarias, anormales. Obtuvieron utilidades enormes exportando a nuestros aliados. Quizá, al igual que los fabricantes de municiones y armamento, también vendieron su producto al enemigo. Es que un dólar es un dólar, venga de Alemania o de Francia. Pero, de igual manera, también les fue bien con el Tío Sam. Por ejemplo, vendieron treinta y cinco millones de pares de botas de servicio, de ésas con la suela clavada. Había cuatro millones de soldados. La proporción era de ocho pares y algo más por soldado. Durante la guerra mi regimiento sólo recibió un par de botas por soldado. Probablemente, algunas de esas botas existan todavía. Era un buen calzado. Pero cuando la guerra terminó, el Tío Sam contaba con un sobrante de veinticinco millones de pares de botas. Compradas y pagadas. Ganancias registradas e ingresadas.



Sin embargo, había cantidad de cuero sin usar. Así que la gente del cuero vendió a su Tío Sam centenares de miles de sillas de montar McClellan para la caballería. ¡El problema era que no había caballería estadounidense en ultramar! Claro, alguien tenía que deshacerse de ese cuero. Alguien tenía que obtener una utilidad de él, así que tuvimos muchas de esas sillas de montar McClellan. Probablemente todavía las tengamos.



De igual forma, alguien tenía montones de malla para mosquiteros. Vendieron a tu Tío Sam veinte millones de estas mallas de mosquiteros para el uso de los soldados en ultramar. Supongo que se esperaba que los soldados se las colocaran encima mientras intentaban dormir en trincheras fangosas, una mano rascándose las espaldas llenas de piojos y la otra haciendo pases a ratas escurridizas. Pues bien, ¡ninguna de esas mallas de mosquitero llegó a Francia!



De cualquier manera, estos creativos fabricantes se aseguraron que ningún soldado se quedara sin su malla de mosquitero, por lo que le vendieron al Tío Sam cuarenta millones de yardas adicionales de malla de mosquitero.



Se obtuvieron utilidades bastante buenas con los mallas de mosquitero en esos días de la guerra, incluso si se considera que no había mosquitos en Francia.



Supongo que si la guerra hubiera durado un poquito más, los emprendedores fabricantes de malla para mosquiteros habrían vendido a tu Tío Sam un par de cargamentos de mosquitos para introducirlos en Francia, de manera que se comprase más mallas para mosquiteros.



Los fabricantes de aviones y motores sentían, también, que debían obtener sus justas utilidades de esta guerra. ¿Por qué no? Todos los demás estaban recibiendo las suyas. Así que el Tío Sam gastó mil millones de dólares –cuéntenlos si viven lo suficiente– en construir aviones y motores de aviones ¡que nunca despegaron! Ni un avión, ni un motor, de los comprados con los mil millones de dólares, entró en combate en Francia. A pesar de ello, los fabricantes obtuvieron pequeñas utilidades de treinta, cien, o quizá trescientos por ciento.



El costo de fabricación de la ropa interior para los soldados era de catorce centavos y el Tío Sam pagó de treinta a cuarenta centavos, una pequeña y agradable utilidad para el fabricante de la ropa interior. Los fabricantes de medias, uniformes, gorras y cascos de acero, todos ellos, obtuvieron sus utilidades.



¿Por qué, cuando terminó la guerra, unos cuatro millones de juegos de equipo –mochilas y las cosas que van dentro de ellas– abarrotaban los almacenes en este lado [del Atlántico]? Hoy están siendo desechados porque han cambiado las regulaciones sobre lo que debe ser su contenido. Sin embargo, los fabricantes recibieron sus utilidades de tiempos de guerra y harán lo mismo la próxima vez.



Durante la guerra surgieron muchas ideas brillantes para obtener utilidades.



Un patriota muy versátil vendió al Tío Sam doce docenas de llaves de cuarenta y ocho pulgadas. Eran llaves muy simpáticas. El único problema era que sólo había una tuerca lo bastante grande que requiriese este tipo de llave. Ésta era la tuerca que sujetaba las turbinas en las cataratas del Niágara. Bien, después que el Tío Sam compró las llaves y el fabricante se metió las utilidades al bolsillo, las llaves fueron colocadas en coches de carga y paseadas por todo Estados Unidos en un esfuerzo por encontrar uso para ellas. La firma del Armisticio fue un golpe desolador para el fabricante de las llaves. Éste estaba por comenzar a producir algunas tuercas que calzaran con las llaves. Una vez fabricadas, planeaba venderlas a tu Tío Sam.



Otro tuvo la brillante idea que los coroneles no deberían movilizarse en automóviles, ni siquiera a caballo. Probablemente alguien haya visto el retrato de Andy Jackson movilizándose en una calesa (4). Bien, para el uso de los coroneles se vendió al Tío Sam ¡seis mil calesas! Ni una de ellas fue utilizada. Pero el fabricante de calesas obtuvo sus utilidades de la guerra.



Los constructores de buques sintieron que algo les debería caer también a ellos. Construyeron muchos buques que produjeron grandes utilidades. Por un valor superior a los tres mil millones de dólares. Algunas de las naves estuvieron bien construidas. Sin embargo, buques hechos de madera, por un valor de seiscientos treinta y cinco millones de dólares ¡nunca flotarían! Las uniones se abrieron y las naves se hundieron. Sin embargo, pagamos por ellas. Alguien se metió las utilidades al bolsillo.



Los estadígrafos, economistas e investigadores han estimado que la guerra costó a tu Tío Sam cincuenta y dos mil millones de dólares. De esa suma, treinta y nueve mil millones se gastaron en los años que duró la guerra. Ese gasto rindió dieciséis mil millones de dólares en utilidades. Así es como veintiún mil personas llegaron a ser millonarios y multimillonarios. Esta utilidad de dieciséis mil millones de dólares no debe ser tomada a la ligera. Es una suma bastante considerable. Fue a parar a manos de muy pocos.


El Comité Nye del Senado, encargado de investigar la industria de las municiones y sus utilidades en tiempo de guerra, a pesar de sus revelaciones sensacionales, apenas arañó la superficie (5).



Aún así ha tenido cierto efecto. “Por algún tiempo” el Departamento de Estado ha venido estudiando métodos para  mantener [a EE.UU.] fuera de la guerra. Repentinamente, el Departamento de Guerra informa que tiene un plan maravilloso por presentar. La Administración nombra a un Comité para limitar las utilidades en tiempos de guerra, Comité integrado por los Departamentos de Guerra y Marina, hábilmente representados bajo la presidencia de un especulador de Wall Street. No se conoce a cuánto ascendería ese límite. Hmmm. Posiblemente las utilidades de trescientos, seiscientos y mil seiscientos por ciento de aquellos que con la [Primera] Guerra Mundial transformaron sangre en oro serían limitadas a alguna cifra inferior.



Sin embargo, al parecer el plan no establece ninguna limitación para las pérdidas, es decir, las pérdidas de los que luchan en la guerra. Por lo que he podido comprobar, no existe nada en el esquema que limite la pérdida de un soldado a sólo un ojo, o un brazo, o para limitar sus heridas a una, dos o tres. O para limitar la pérdida de vidas.

Aparentemente, no hay nada en este esquema que disponga que no más del doce por ciento de un regimiento deba ser herido en combate, o que no más del siete por ciento de una división deba perecer en la guerra.


Por supuesto, el Comité no puede ser incomodado con tan insignificantes minucias.




“Liberty Bond” (Bono por la Libertad) por valor de cien dólares. Fue emitido en septiembre de 1918 y perteneció a la cuarta serie de estos bonos, conocida como “Liberty Loan” (Préstamo por la Libertad).

Capítulo 3

¿Quién paga las cuentas?



¿Quién aporta los recursos para pagar las utilidades, esas simpáticas modestas utilidades de veinte, cien, trescientos, quinientos y mil ochocientos por ciento? Todos nosotros las pagamos con nuestros impuestos. Abonamos sus utilidades a los banqueros cuando compramos Liberty Bonds (6), al precio de cien dólares cada uno, y se los vendemos tiempo después a ellos mismos en ochenta y cuatro u ochenta y seis dólares. De esta manera, los banqueros terminan recibiendo de nosotros más de cien dólares. 
Fue una manipulación simple. Los banqueros controlan los mercados de valores. Para ellos fue fácil deprimir el precio de esos bonos. Frente a esta caída, todos nosotros –es decir, la gente– entramos en pánico y vendimos los bonos en ochenta y cuatro u ochenta y seis dólares. Los banqueros los compraron. 
Acto seguido, esos mismos banqueros estimularon un auge, a resultas del cual los bonos se cotizaron a la par y, finalmente, se vendieron por encima de su valor original de cien dólares. De esta manera, los banqueros cobraron sus utilidades.



No obstante, la verdad es que el soldado paga la mayor parte de la cuenta.



Si usted no lo cree, visite los cementerios de estadounidenses ubicados en los campos de batalla del exterior. O visite cualquiera de los hospitales para veteranos de guerra en los Estados Unidos. En una gira por el país, que realizo al momento de escribir estas líneas, he visitado dieciocho hospitales gubernativos para veteranos. En ellos hay un total aproximado de cincuenta mil hombres destruidos, hombres que eran lo mejor de la nación hace dieciocho años. El altamente calificado cirujano principal del hospital gubernativo de Milwaukee, donde se encuentran internados tres mil ochocientos de estos muertos vivientes, me informó que la mortalidad entre los veteranos es tres veces mayor que la de aquellos que [no fueron a la guerra y] permanecieron en sus casas.



Jóvenes de opinión normal fueron extraídos de los campos, oficinas, fábricas, salones de clase y colocados en las filas militares. Allí fueron moldeados y reconstruidos; se les lavó el cerebro para que considerasen el asesinato como la orden del día. Colocados hombro a hombro y mediante la psicología de masas, fueron completamente transformados. Los utilizamos por un par de años y los entrenamos para no pensar en matar ni en ser muertos.



Luego, repentinamente, los dimos de baja y les hablamos de la necesidad de efectuar otro “lavado de cerebro”. Esta vez tendrían que hacer su propia readaptación, sin psicología de masas, sin ayuda ni asesoría de oficiales y sin propaganda a escala nacional. No los necesitábamos más. Los dispersamos sin ningún discurso de “tres minutos” ni ningún desfile del “Liberty Loan” (7).



En la práctica, muchos, demasiados, de estos excelentes jóvenes están mentalmente destruidos, porque no pudieron realizar por su propia cuenta el “lavado de cerebro” final.



En el hospital gubernativo de Marion, Indiana, mil ochocientos de estos jóvenes están encerrados. Quinientos de ellos están en barracas, con rejas y alambradas de acero colocadas alrededor de los edificios y las entradas. Estos jóvenes han sido destruidos mentalmente. Ya ni parecen seres humanos. ¡Si pudieran ver las expresiones de sus rostros! Físicamente están en forma; mentalmente, están ausentes.



Existen miles y miles de estos casos, y más y más llegan a cada momento. Los jóvenes no pueden adaptarse al cambio que representa pasar de la enorme excitación de la guerra a la repentina desaparición de esta excitación.



Ésa es una parte de la cuenta. Es demasiado para los muertos; ellos ya pagaron su parte de las utilidades de la guerra. También es demasiado  para los heridos mental y físicamente; ellos están pagando en este momento su parte de las utilidades de la guerra. 
Pero también otros pagaron. Pagaron con la congoja, cuando se separaron de sus hogares y de sus familias para vestir el uniforme del Tío Sam, del que otros obtuvieron una ganancia. Pagaron otra parte en los campos de entrenamiento, donde estuvieron regimentados y se ejercitaron mientras otros los reemplazaban en sus trabajos y en los lugares que ocupaban en las vidas de sus comunidades. Pagaron en las trincheras, donde mataron y fueron muertos; donde estuvieron días sin comer y donde durmieron en el fango, el frío y la lluvia, escuchando como horrible canción de cuna los gemidos y los gritos de los moribundos.



Sin embargo, no se olviden que el soldado también pagó parte de la cuenta en efectivo, en dólares y centavos.



Hasta la guerra de Estados Unidos contra España tuvimos un sistema de recompensas; los soldados y marinos luchaban por dinero. Durante la Guerra Civil a los soldados se les pagaba primas en efectivo, en muchos casos recibidas antes que entraran en servicio. El Gobierno [Federal] o los estados, pagaban hasta mil doscientos dólares por conscripto. 
En la guerra de Estados Unidos contra España se otorgaron recompensas en dinero. Cuando capturábamos alguna nave, todos los soldados recibían su parte. Al menos eso es lo que se suponía. 
Sin embargo, se descubrió que se podía reducir el costo de las guerras reteniendo y guardando todo el dinero de las recompensas, pero reclutando igualmente al soldado. De esta manera los soldados no podrían regatear por su fuerza de trabajo. Cualquier otro podría hacerlo, pero no el soldado.



Alguna vez Napoleón dijo que “los hombres viven enamorados de las condecoraciones… Definitivamente tienen hambre de ellas”.



Así que desarrollando el sistema napoleónico –el negocio de las medallas– el gobierno aprendió que podría conseguir soldados por menos dinero, porque a los jóvenes les gustaba ser condecorados. Hasta la Guerra Civil no se otorgó medallas. Fue entonces que se creó la Medalla de Honor del Congreso. Ello hizo que los reclutamientos fueran más fáciles. Después de la Guerra Civil no se concedieron nuevas medallas hasta la guerra de Estados Unidos contra España.



En la [Primera] Guerra Mundial usamos la propaganda para hacer que los jóvenes aceptaran el reclutamiento. Se les hizo sentirse avergonzados si no se enrolaban en el ejército.



Tan perversa era esta propaganda de guerra que hasta Dios fue incluido en ella. Con pocas excepciones, nuestros sacerdotes se sumaron al clamor de matar, matar, matar. Matar a los alemanes. Dios está de nuestro lado… Es Su voluntad que matemos a los alemanes.



En Alemania, los buenos pastores convocaron a los alemanes a matar aliados… para complacer al mismo Dios. Era parte de la propaganda general, diseñada para hacer que la gente sea consciente de la guerra y consciente del asesinato.



Enviados al exterior a morir, nuestros jóvenes fueron influenciados por hermosos ideales. [La Primera Guerra Mundial] fue “la guerra para acabar con todas las guerras”. Fue “la guerra para hacer que el mundo fuera seguro para la democracia”. Nadie les dijo que la razón verdadera eran dólares y centavos. Nadie les mencionó, conforme marchaban [hacia los campos de batalla] que su ida y su muerte en la guerra traerían consigo enormes utilidades. Nadie les dijo a estos soldados estadounidenses que podían ser alcanzados por balas fabricadas en los Estados Unidos por sus propios hermanos. Nadie les dijo que los buques en los cuales iban a cruzar el océano podían ser torpedeados por submarinos construidos con patentes de los Estados Unidos. Sólo se les dijo que iban a participar en una “gloriosa aventura”.



En estas condiciones, atiborrados de patriotismo hasta la garganta, se decidió hacer que también ayudaran al pago de la guerra. Fue así como les asignamos el gran sueldo de treinta dólares mensuales.



Todo lo que tenían que hacer para recibir esta generosa suma fue dejar a sus seres queridos, renunciar a sus trabajos, tenderse en trincheras pantanosas, comer conservas enlatadas (cuando pudieran conseguirlas) y matar y matar y matar… y ser muertos.



¡Pero espere!



La mitad de ese sueldo –apenas un poco más de lo que ganaban diariamente, seguros en sus casas, un remachador de astillero o un obrero de fábrica de municiones– fue deducida puntualmente para sostener a sus dependientes, de manera que no se convirtieran en cargas para la comunidad. Luego le hicimos pagar el monto de seis dólares mensuales correspondiente al seguro de riesgo de guerra, contribución que en un estado civilizado paga el empleador. Le quedaba menos de nueve dólares por mes.



Entonces ocurrió la mayor de las insolencias: el soldado fue virtualmente obligado, bajo amenazas, a pagar por su propia munición, ropa y alimento, haciéndolo comprar Liberty Bonds. A la mayoría de soldados no les quedaba ningún dinero el mismo día de pago.



Les hicimos comprar Liberty Bonds al precio de cien dólares. Cuando regresaron de la guerra y no pudieron encontrar trabajo se los compramos a ochenta y cuatro y ochenta y seis dólares. ¡Los soldados compraron bonos por un valor cercano a los dos mil millones de dólares!



Sí, el soldado paga la mayor parte de la cuenta. Sus familiares también pagan. Pagan sufriendo la misma congoja que él. Conforme él sufre, ellos sufren. En las noches, mientras el soldado está tendido en las trincheras y observa la metralla estallar a su alrededor, ellos, en sus casas, se acuestan en sus camas y se revuelven insomnes, su padre, su madre, su esposa, sus hermanas, sus hermanos, sus hijos y sus hijas.



Cuando el soldado regresa a casa sin un ojo, o sin una pierna, o con la mente destrozada, ellos también sufren, igual o a veces más que él. 
Sí, y ellos también contribuyeron con sus dólares a las utilidades obtenidas por los fabricantes de municiones, banqueros, armadores, fabricantes y especuladores. También ellos compraron Liberty Bonds y aportaron a la utilidad de los banqueros después del Armisticio, en la tramposa manipulación de los precios de los Liberty Bonds.



Y aún ahora siguen sufriendo y siguen pagando las familias de los soldados heridos, de los mentalmente destrozados y de los que nunca pudieron readaptarse por sí mismos.



El general Smedley Butler sostiene en brazos a su gato favorito.



Capítulo 4

¡Cómo acabar con esta estafa!



Bien. Es una estafa. Estamos de acuerdo.



Unos pocos obtienen las utilidades y la mayoría paga. Hay una manera de detener esta estafa. No con  conferencias de desarme. No con discursos sobre la paz pronunciados en Ginebra. No con resoluciones de grupos bien intencionados pero nada prácticos. La estafa sólo puede ser eliminada efectivamente si es que se logra que no puedan obtenerse utilidades de la guerra.



La única manera de acabar con la estafa es reclutar a los capitalistas, industriales y trabajadores antes que los jóvenes de la nación puedan ser llamados a filas. Un mes antes que pueda reclutar a éstos, el Gobierno debería llamar a filas a los capitalistas, industriales y trabajadores. Reclutemos para el ejército a los funcionarios, directores y más altos ejecutivos de las empresas productoras de armamento, siderúrgicas, fábricas de municiones, armadores navales, fabricantes de aviones, productores de todas esas otras cosas que proporcionan utilidades en tiempo de guerra, banqueros y especuladores, y asignémosles el salario de treinta dólares mensuales, la misma paga que reciben los jóvenes de las trincheras.



Hagamos que los trabajadores de esas fábricas reciban los mismos salarios –todos los trabajadores, todos los presidentes, todos los ejecutivos, todos los directores, todos los gerentes y todos los banqueros– sí, y todos los generales y todos los almirantes y todos los oficiales y todos los políticos y todas las autoridades gubernativas electas por el voto popular– ¡que cada persona en la nación quede limitada a recibir un ingreso mensual total que no exceda lo pagado al soldado en las trincheras!



Dejemos que todos esos reyes, magnates y amos de los negocios y todos esos trabajadores de la industria y todos nuestros senadores y gobernadores y los alcaldes destinen la mitad de su salario mensual de treinta dólares a sostener a sus familias, que paguen el seguro de riesgo de guerra y compren Liberty Bonds.



¿Por qué no?



Ellos no corren el riesgo de morir, ser mutilados o de ver sus mentes deshechas. No duermen en trincheras fangosas. No tienen hambre. ¡Los soldados sí!



Concédase a los capitalistas, industriales y trabajadores treinta días para pensarlo y encontraremos que no habrá guerra al final de dicho plazo. Así se aplastará la estafa de la guerra, eso y nada más.



Quizá sea demasiado optimista. Los capitalistas todavía tienen algún poder. Por ello, no permitirán que se elimine [la posibilidad de obtener] utilidades de la guerra hasta que el pueblo –aquellos que sufren y pagan el precio– perciba que las autoridades elegidas por el voto popular deben obedecer el mandato popular y no la voluntad de los que se aprovechan de la guerra para obtener utilidades.



Otro paso necesario en la lucha por acabar con la estafa de la guerra es la realización de un plebiscito limitado para determinar si se debe declarar la guerra. Éste sería un plebiscito que no incluiría a todos los votantes sino únicamente a los que podrían ser llamados a luchar y morir. No tendría mucho sentido dejar votar en un plebiscito sobre si la nación debe ir o no a la guerra al presidente de setentaiséis años de edad de una fábrica de municiones, al director afectado de pies planos de una firma bancaria internacional, o al gerente bizco de una empresa fabricante de uniformes, todos ellos influidos por las visiones de las tremendas utilidades a obtener en caso de guerra. Ellos nunca serían llamados a empuñar un fusil, dormir en una trinchera, o morir. Sólo aquellos que puedan ser llamados para poner en riesgo sus vidas por el país deberían tener el privilegio de votar para determinar si la nación debe ir a la guerra.



Existen amplios precedentes para limitar la votación a los afectados. Muchos de nuestros estados han establecido restricciones sobre quiénes pueden votar. En la mayoría de estados, antes de poder votar, es necesario que el elector sepa leer y escribir. En algunos estados debe tenerse propiedades. 
Anualmente, los jóvenes que lleguen a la edad militar deberían registrarse en sus localidades –como hicieron en la conscripción durante la [Primera] Guerra Mundial– y ser examinados físicamente. Los declarados aptos y que en caso de guerra puedan ser llamados a empuñar las armas serían los únicos que podrían votar en el plebiscito limitado. Ellos deberían ser los únicos con poder de decisión y no el Congreso, en el que pocos de sus miembros están en edad militar y menos en condiciones físicas de empuñar las armas. Solamente los que pueden sufrir deben tener derecho a votar.



Un tercer paso en la tarea de acabar con la estafa de la guerra es asegurarnos que nuestras fuerzas militares sean verdadera y únicamente fuerzas para la defensa.



En cada sesión del Congreso resurge la discusión sobre asignaciones presupuestales adicionales para la Marina. Los almirantes de Washington, apoltronados en sillas giratorias –siempre hay muchos de ellos– son cabilderos muy astutos. Y son inteligentes. No vociferan que “necesitemos muchos acorazados para hacer la guerra a esta o aquella nación”. No. En primer lugar, declaran que Estados Unidos está amenazado por una gran potencia naval. Luego los almirantes informarán que la gran flota de este enemigo imaginario atacará repentinamente y aniquilará a nuestros ciento veinticinco millones de habitantes (8). Algo parecido a eso. A continuación comenzarán a exigir contar con una escuadra más grande. ¿Para qué? ¿Para combatir al enemigo? No. No. Para propósitos de defensa solamente...



Sólo de paso, incidentalmente, anuncian maniobras en el Pacífico... Para la defensa... Ajá.



El Pacífico es un gran océano. Tenemos una extensa línea costera sobre el Pacífico. ¿Serán las maniobras a doscientas o a trescientas millas de la costa? No. Las maniobras serán a dos mil, sí, quizá incluso a tres mil quinientas millas de la costa.



Por supuesto, el japonés, pueblo orgulloso, estará indescriptiblemente feliz de ver a la flota de Estados Unidos tan cerca de las costas niponas. Tan contentos como lo estarían los residentes de California si percibieran, a través de la niebla matutina, la presencia de la flota japonesa efectuando maniobras de guerra en las afueras de Los Ángeles.



Puede apreciarse que las naves de nuestra marina, deben ser limitadas por ley, específicamente, a permanecer dentro de las doscientas millas de distancia de nuestra línea costera. De haber existido esa ley en 1898, el Maine nunca se hubiera desplazado al puerto de La Habana. Nunca hubiera sido hecho explotar. No hubiera habido guerra con España ni la pérdida de vidas asociada a ella. En opinión de los expertos, doscientas millas es un amplio espacio para propósitos defensivos. Nuestra nación no puede comenzar una guerra ofensiva si sus naves están impedidas de navegar más allá de las doscientas millas de la línea costera. A los aviones pudiera permitírseles volar hasta quinientas millas de la costa con fines de reconocimiento. Por su parte, el ejército nunca debería traspasar los límites territoriales de nuestra nación.



Resumamos. Deben darse tres pasos para acabar con la estafa de la guerra.



Debemos eliminar la posibilidad de obtener utilidades de la guerra.



Debemos permitir a la juventud del territorio que empuñará las armas decidir si debe o no haber guerra.



Debemos limitar nuestras fuerzas militares a la estricta defensa del país.




 El general Smedley D. Butler se despide de “sus muchachos” en ocasión de su retiro, Base de la Infantería de Marina en Quantico, Virginia, 23 de septiembre de 1931

Capítulo 5

¡Al diablo con la guerra!



No soy tan tonto como para creer que la guerra sea cosa del pasado. Sé que la gente no quiere guerra, pero es inútil pensar que no podamos ser empujados a otro conflicto bélico.



Mirando retrospectivamente, Woodrow Wilson fue reelegido presidente en 1916 sobre la base de una plataforma electoral según la cual él “nos había mantenido fuera de la guerra” y con la promesa implícita que él “nos mantendría fuera de guerra”. A pesar de estos ofrecimientos, Wilson pidió al Congreso, cinco meses después, declarar la guerra a Alemania.



En ese intervalo de cinco meses no se le preguntó al pueblo si había cambiado de opinión. A los cuatro millones de jóvenes que se pusieron los uniformes y marcharon o navegaron [a los frentes de guerra] no se les preguntó si querían salir del país para sufrir y morir.



Cabe preguntar, ¿qué hizo que nuestro gobierno cambiara de idea tan de repente?



Dinero.



Debe recordarse que una comisión de los países aliados llegó [a Estados Unidos] poco antes de la declaración de guerra y visitó al presidente. Éste convocó a un grupo de asesores. El presidente de la comisión habló. Despojado de su lenguaje diplomático, esto es lo que expresó al presidente y a su grupo:



“No tiene caso que continuemos engañándonos a nosotros mismos. La causa de los aliados está perdida. Ahora les debemos a ustedes (a los banqueros estadounidenses, a los fabricantes estadounidenses de municiones, a los manufactureros estadounidenses, a los especuladores estadounidenses, a los exportadores estadounidenses) cinco o seis mil millones de dólares.



Si perdemos –y sin la ayuda de Estados Unidos debemos perder– nosotros, Inglaterra, Francia e Italia, no podremos pagar este dinero… y Alemania no lo hará.



Así que…”



Si en el caso de las negociaciones de guerra, el secreto hubiese sido proscrito legalmente, si la prensa hubiese sido invitada a estar presente en esa conferencia, o si la radio hubiese estado allí para difundir el contenido de las conversaciones, Estados Unidos nunca hubiera entrado en la [Primera] Guerra Mundial. El problema fue que esta conferencia, como todas las discusiones relacionadas con la guerra, estuvo envuelta en el mayor secreto.



Cuando nuestros jóvenes fueron enviados a la guerra se les dijo que era “una guerra para hacer al mundo seguro para la democracia” y que era “una guerra para terminar con todas las guerras”.



Pues bien, dieciocho años después, el mundo tiene menos democracia que entonces. Además, ¿qué nos incumbe si Rusia o Alemania o Inglaterra o Francia o Italia o Austria viven en democracia o son monarquías? ¿Si son fascistas o comunistas? Nuestro problema es preservar nuestra propia democracia.



Y muy poco se ha logrado como para asegurarnos que la [Primera] Guerra Mundial fuera realmente la guerra para terminar con todas las guerras.



Sí, hemos tenido conferencias de desarme y conferencias para la limitación de armamentos. No significan nada. Una acaba de fracasar; los resultados de otra se han anulado. Enviamos a estas conferencias nuestros soldados de carrera, nuestros marinos, nuestros políticos y nuestros diplomáticos. ¿Y qué sucede?



Los militares de carrera y los marinos no quieren el desarme. Ningún almirante quiere estar sin buque. Ningún general quiere estar sin comando. Ambas situaciones significan hombres sin trabajo. Ellos no apoyan el desarme. No pueden estar de acuerdo con la limitación de armamentos. Y en todas estas conferencias se encuentran al acecho, en el fondo, pero todopoderosos, siempre los mismos, los siniestros agentes de aquellos que obtienen utilidades de la guerra. Ellos se encargan que estas conferencias no desarmen ni limiten seriamente los armamentos.



El principal objetivo de las potencias participantes en cualquiera de estas conferencias no ha sido la de alcanzar el desarme para prevenir la guerra sino para conseguir más armamento para ella misma y menos armamento para cualquier enemigo potencial.



Sólo existe una forma de desarmarse con alguna apariencia de factibilidad. Consiste en que todas las naciones se reúnan y conviertan en chatarra cada buque, cada cañón, cada fusil, cada tanque, cada avión de guerra. 
Inclusive si esto fuera posible en su totalidad, no sería suficiente.



La próxima guerra, según los expertos, no será librada con acorazados, artillería, fusiles o pistolas. Será peleada con sustancias químicas y gases letales.



Secretamente cada nación está estudiando y perfeccionando nuevos y más terribles medios de aniquilar masivamente a sus enemigos. Sí, se seguirán construyendo buques, porque los armadores deben obtener sus utilidades. Se seguirán fabricando pistolas y se seguirá produciendo pólvora y fusiles, porque los fabricantes de municiones deben obtener sus enormes utilidades. Y los soldados, por supuesto, deben vestir uniformes, porque sus fabricantes también deben obtener sus utilidades de la guerra.



Pero la victoria o la derrota serán determinadas por la habilidad e inventiva de nuestros científicos.



Si los ponemos a trabajar produciendo gas venenoso y más y más instrumentos diabólicos de destrucción, mecánicos y explosivos, carecerán de tiempo para el trabajo constructivo de edificar una mayor prosperidad para todos los pueblos. Aplicándolos en este trabajo útil, todos podremos ganar más dinero de la paz que de la guerra, inclusive hasta los fabricantes de municiones.


Por eso…  proclamo, ¡Al diablo con la guerra!




Notas del traductor



(1) Según la Oficina del Censo, el primero de julio de 1935 Estados Unidos tenía una población de 127,250,232 habitantes.  



(2) Alusión al Gobierno Federal de Estados Unidos.



(3) La estimación más conservadora del poder adquisitivo de un dólar de 1914 en el año 2011 es, aproximadamente, 23.20 dólares. La fuente de la cifra es el sitio en Internet Measuring Worth.



(4) Se refiere a Andrew Jackson, séptimo presidente que gobernó Estados Unidos entre 1829 y 1837.



(5) Comité presidido por el senador Gerald P. Nye.




(6)  Los Liberty Bonds fueron bonos emitidos por el Gobierno Federal de Estados Unidos para financiar su participación en la Primera Guerra Mundial. Entre 1917 y 1918 se realizaron cuatro emisiones de estos bonos, por un valor total de diecisiete mil millones de dólares.



(7)  La segunda, tercera y cuarta emisión de los Liberty Bonds recibieron el nombre de Liberty Loans.





(8) Esta cifra se refiere, de manera aproximada, a la población de Estados Unidos en 1935, año en que Butler escribió War Is A Racket. Como ya se mencionó, según la Oficina del Censo, el primero de julio de 1935 Estados Unidos tenía una población de 127,250,232 habitantes. 


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